
Pasó la última réplica y tomó suavemente las sandalias que había dejado minutos antes a orillas del camino de tierra. Esas sandalias eran lo único que le quedaba en el mundo. Y su decencia, claro, que no tardaría en perder para poder echarle algo al buche. Marchó despacio para no despertar a los muertos, no vaya a ser que alguno estuviese a medio camino y lo interrumpiera rumbo a ese túnel de luz que siempre nombran los curas. No quiso ni detenerse a ver si alguna de esas deformidades oscuras era algún conocido del barrio o algún familiar casi cercano. Ella solo vivía con su madre que había muerto hace algunos meses así que no tenía mucho a quien encontrar. Encontró si cosas mejores como joyas viejas, otro par de zapatos y una frazada para taparse la cara de día y cubrirse la espalda de noche. No quería que los rubios tuvieran piedad de ella; podía arreglárselas solita un poquito más allá de la frontera. Que no le vinieran con cuentos. Bien sabía ella que con un costal de harina y un jarro de leche no se vive. Tal vez de amor se pueda vivir. Una vez estuvo enamorada de un hombre con el que vivió cerca de un año. No tenía que comer pero se amaban tanto que sentía que lo demás no era innecesario. Ahora no tenía ni amor ni comida; su techo estaba en el suelo y su cabeza se volteaba de la misma forma. Todo se veía muy lejos, no sabía si caminaba en dirección correcta, pero los reporteros estaban a media cuadra así que debía apurar su paso. No vaya a ser que la terminaran apuntando con una de esas máquinas para multiplicar su rostro sufriente al mundo entero, no Señor.




